“De dónde vienen y a dónde llegan los libros”

¿De dónde vienen los libros?

Los libros vienen de todas partes, y nos llegan de todas partes. Los libros que vemos, leemos y poseemos, están hechos de quienes los hacen y de quienes los leen. Quienes los crean los hacen venir, quienes los leen los hacen llegar. Cuando encontramos libros en los lugares de dónde vienen, nos llaman por su título, por sus autores, por sus historias, o por encargo. El llamado es superficial, porque nadie sabe con certeza a lo que va cuando busca un libro ahí en los sitios de dónde vienen. Se va con ilusión, con esperanza, con duda, con emoción, con escepticismo. Incluso con los libros académicos y escolares, esos que todos, en algún momento, nos vimos forzados a comprar: los de inglés, de medicina, de leyes, de nutrición, de texto. Nadie sabe realmente qué encontrará, aunque crea que sí. Cuando nos topamos con libros que nos llegan, el merequetengue se vuelve más rebuscado, interesante y personal. Pero vamos por partes, como las historias en sagas. 

Si hablamos de su contenido, los libros vienen de sus autores, fuentes primarias de lo que leo. Creadores de historias fantásticas que moldean mi psyché, relatores de experiencias personales entrelazadas con reflexiones y alusiones, maestros e investigadores o exploradores y pensadores que describen su percepción y conclusiones sobre la realidad. A veces, esos autores son fuentes secundarias de lo que alguien más dijo, contó, vivió o describió:  Platón contándonos de Sócrates, Lucas de un tal Cristo, Lenin de Marx; entre otros tergiversadores de palabras ajenas y originales. La gente siempre tiene algo que decir, contar o explicar.


Los libros también vienen de traductores, que torcieron y moldearon las palabras de otros para hacerlas viajar a un idioma o lengua que quizá los autores originales jamás hubieran comprendido, incluso aunque hubieran vivido en la misma época. Las traducciones son otros libros, en realidad, intentando ser lo mismo que otra cosa sin lograr serlo del todo, como un eco, un reflejo en el agua, o una fotografía de un paisaje. Pero no les digas que no son eso que pretenden ser, pues su esfuerzo les ha tomado.

Ahora que, cuando preguntamos de dónde vienen los libros refiriéndonos a quién los produce y comercia; hoy en día casi todos los libros vienen de casas editoriales: pomposas, humildes, renombradas, criticadas, esotéricas, académicas, populares, desconocidas, millonarias, emprendedoras, conservadoras, escrupulosas, liberales, y, a veces, libertinas.  Son ellas las que inicialmente deciden y apuestan: quién “merece” ser leído, quién “merece” publicarse al por mayor o quién no llega ni a la segunda puerta de revisión. Muchos libros no llegan a venir a nosotros ni al mundo por estas simples y complejas cuestiones.

También en el negocio del comercio de libros están las librerías; que todavía existen, gracias al cielo. Ahora venden también rompecabezas, tazas, juguetes y separadores. Algunas trabajan en cadena, otras no. Todas con sus convenios y contratos con casas editoriales, que a su vez los tienen con autores, traductores, y demás intermediarios. Y el lugar favorito de los amantes de la eficiencia, de la hueva, y de la escasa interacción humana: los libros también vienen de librerías y tiendas en línea. Para que usted vea el precio, comentarios de compradores, pague y reciba un ejemplar de cientos en existencia.  En resumen, para obtener o conseguir un libro se tiene que ir a buscarlo, y la mejor manera de encontrarlo es averiguar primero de dónde vienen.

Aunque también, se puede ir allá a donde los libros llegan…

Los libros que llegan, no los que vienen, tienen orígenes más diversos y fluctuantes. Los libros que llegan son así porque alguien fue por ellos para tenerlos, otro alguien trajo aquéllos, y otro alguien dejó esos otros. Todos los que hicieron posible que un libro venga de un lugar o persona, confluyen con todos los que los hicieron llegar. Llegan a bibliotecas, a las tiendas de segunda mano, y a los tianguis. Llegan a las escuelas, a las universidades, y a los cafés, Llegan también como herencias; olvidados en alguna habitación hasta que el dueño murió y se vio bien llevar su colección a los lugares en donde se mezclan con otras colecciones. Espacios donde confluyen páginas y páginas de palabras y conocimiento, incapaces de comunicarse entre sí, aunque contuvieran toda la información del universo. Son esos libros los que llevan polvito en sus páginas, huellas de manos anteriores, notas al pie, a la cabeza o en los márgenes. Frases subrayadas que hacen preguntarse qué habrá sentido un lector anterior al leerlas. Libros con manchas de café, esquinas dobladas, quemadas, rotas. Y a veces, los libros no llegan. Se quedan enmohecidos, pudriéndose, rompiéndose o ardiendo. Abandonados como adorno de estantes y esquinas, cargados de tanto, usados para nada. No todos los libros que vienen, llegan.

Cada pequeña o gran colección de libros que nos llegan, y aquellos que salimos a buscar, terminan contando también nuestra propia historia: nuestras relaciones con lo que leímos, con lo que entendimos, con lo que dejamos pasar. De cada libro viene algo, y con cada libro se va algo también. Si también somos lo que dejamos ir, los libros que obsequiamos o dejamos pasar dan muestra de lo que queremos compartir con los demás, lo que queremos que sepan, o lo que no nos importa en absoluto.


Tengo en mi pequeña colección un tanto de libros por los que fui a los lugares de donde vienen, otros de los lugares a donde llegan, y otros que me llegaron sin buscarlos o sin quererlos, que son de los que más he querido. Tengo libros que yo he subrayado y en los que he anotado, y están esos con notas y rayones de personas que jamás conocí. Completé colecciones como la saga de Harry Potter, en inglés y en español a lo largo de los años, desde la infancia hasta la edad de Cristo. Algunos de ellos procedentes de librerías de diferentes partes del país, otros tres de tiendas en línea, otros tantos rescatados de una biblioteca que cerró en Zapopan, Jalisco, y otro de una biblioteca pública de Memphis, Tennessee. Los Diálogos Socráticos de Platón, las cartas de Séneca, la Ética de Aristóteles y La Ilíada de Homero me llegaron cuando el abuelo falleció y la abuela se fue lejos un tiempo, mientras que un ejemplar de Las Brujas de Roald Dahl salió de un tianguis en Guadalajara. Están aquellos con notas de personas queridas y conocidas, que tuvieron a bien hacerme un regalo como ese sin saber yo que me estaban regalando su presencia en mi vida. Tengo libros robados, con pena de admisión; sacados de bibliotecas que los hubieran dejado morir como países imperialistas a sus soldados rasos. Todos y cada uno pueden contar una y mil historias; por su contenido o por su mera existencia de idas y llegadas. Si los libros nos pudieran contar dónde han estado, muchos tendrían mejores historias que las que resguardan entre sus páginas.

Cada libro que viene y llega es un espejo y una huella: guarda su propio trayecto, y abre otro en quien lo recibe. En el océano interminable de libros perdidos y libros resguardados, se encuentra la historia infinita de una humanidad que sabe y que ignora, que duda y que afirma, que piensa y que siente, que nace y que muere; una humanidad que viene de todas partes y que llega allá donde puede y se atreve a llegar. Siempre y cuando, claro está, nos ayudemos los unos a los otros a lograrlo.

-          Mario Márquez Farías, 21 de agosto de 2025

Comentarios

Entradas más populares de este blog

“¿Cuánto dura lo que vale la pena?”

El verbo “to be” y las perspectivas: entre el ser y el no ser; estar y no estar