El verbo “to be” y las perspectivas: entre el ser y el no ser; estar y no estar

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.
Éste era en el principio con Dios.
Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que es hecho, fue hecho.”
Juan 1:1–3. Nuevo Testamento, versión Reina Valera.

En estos días de remembranza, nostalgia y pláticas variadas, vino a mi mente la presencia y esencia del verbo “to be” en todos los hilos que componen la existencia, y de cómo nuestras perspectivas se ven siempre envueltas en la esencia misma de su dualidad: el “ser” y el “estar”. Y es que la mayoría de las veces uno está donde le toca estar y es lo que le toca ser. A veces queriéndolo y aceptándolo, a veces no.

Desde el óvulo que se despegó y el que no; el espermatozoide que llegó y fue aceptado, hasta nuestros “problemas existenciales” del qué voy a estudiar, dónde voy a vivir y cómo me voy a comportar. Qué cosas tengo y qué cosas me faltan. De qué estoy agradecido y de qué estoy harto. Todo parte de la contemplación de la acción más repetida, repetitiva, cambiante y decisiva de todas: to be.

Es de ley que todos los profesores de idiomas, y la mayoría de los estudiantes, alucinemos la repetitividad y presencia del famoso verbo “to be” en nuestro aprendizaje gramatical de una lengua. Está en todas partes y, lo peor, es que está en formas diferentes siempre. En el am, el is y el are; el was, el were y hasta el have been en el inglés; el soy, fui y seré en español; el suis, sommes y el est en el francés, por mencionar algunas.
Verbo que ni verbo es, porque no hay más acción en éste que expresar la mera existencia (o inexistencia) de algo en el universo. Pero eso marca toda la diferencia.

Siempre digo que el verbo “to be” está en todas partes porque sin él no se puede hacer nada más: ni nacer, crecer, estudiar, aprender, amar, ni morir. Porque primero hay que ser (o no ser) para poder hacer.
Porque es imperativo contemplar el ser y el estar de las cosas, de las situaciones y de uno mismo para poder contemplar qué se puede hacer.

Esta disyuntiva entre la existencia y la inexistencia de las cosas es lo que nos lleva siempre a la variedad y varianza de las perspectivas de nuestra vida: quién soy, cómo estoy, dónde estoy y con quiénes estoy en este momento de mi vida; quién fui y en dónde estuve; cómo seré, quién seré y dónde estaré. Porque estoy aquí con esto y soy esto porque hago esto.
Y no nos damos cuenta de que todas estas perspectivas son el comienzo y el final de todo lo que hacemos.
Somos y estamos siempre, hasta que we are no more.

Contemplaba también Shakespeare en Hamlet esta cuestión binaria y polarizada del ser y el estar, cuando el protagonista de la tragedia reflexiona si vale la pena continuar con su existencia: “To be, or not to be; that is the question.”

Y la disyuntiva aumenta cuando polarizamos las dos caras del “to be” en nuestros actuares de la vida. Porque cuando nos enfocamos tanto en el “estar” —en un lugar, en una situación o en ciertas compañías— se nos va un poquito la onda con eso del “ser”.
Y a la inversa, en nuestra búsqueda o creación de nuestro ser, podemos olvidarnos de dónde estamos, con quiénes o de cómo nos sentimos.

Y mentimos. Mentimos a los demás y nos mentimos a nosotros mismos con la presencia de estas redes sociales que nos ayudan a ser algo que en realidad no existe, y nos ayudan a mostrar que estamos en lugares bien chingones, aunque estemos de la chingada.
A veces ni tiene caso. Porque, aunque muestres tu mejor foto y tu mejor video, todos saben quién eres, cómo eres y por qué estás donde estás.

Luego de muchas lecciones de gramática enseñada, de libros sobre lingüística, de estoicismo, de espiritualidad (y hasta de autoayuda), podcasts y luchas en la vida, viene uno a darse cuenta de que la dualidad del verbo “to be”, tanto en la gramática como en la existencia, se refuerza en la premisa de que el uno respalda al otro.
Para llegar a estar, hay que nutrir el ser.
Para llegar a ser, hay que estar.
No puedes “ser” sin “estar”; no puedes “estar” sin “ser”.

Es precisamente por esta presencia tan constante y cambiante de nuestra esencia y de nuestros estados que la forma gramatical, en la mayoría de las lenguas, de la acción compuesta que es “to be”, varíe tanto.
La variación es la hermana de la constancia.
Sobre todo, en el pasado. Luego, en el presente, y no tanto en el futuro. Qué raro y qué conveniente.
Como en el inglés, donde la expresión “to be” no se parece en nada a am, is o was y were. Pero en futuro sí es más perceptible que es be, porque es la única certeza: “will be” o “will not be.”
Que siempre será o no será.
Únicamente en el presente y en el pasado se perciben los cambios. Los pros y los contras.
El futuro se basta con saber que ahí va a ser y estar, listo para experimentar sus cambios pertinentes.

¿Cómo no va a ser repetitivo el verbo to be si cada momento de nuestra vida misma es un baile —o una lucha— entre ser algo o alguien o no; entre estar en un lugar, en un estado corporal o emocional o no?
¿Cómo no va a ser tan cambiante y diferente?
¿Cómo no va a aparecer de repente por aquí o por allá?

He llegado a la conclusión de que en el principio sí fue el Verbo y que siempre ha sido.
No por nada se le presentó a un pastor de ovejas diciéndole con toda certeza: “Yo soy el que soy.”

Me bastan estos pensamientos para asegurar que la vida y la perspectiva que tenemos de ella se reflejan en un juego poético de palabras: mera semántica que expresa, en tantas lenguas, el ser o no ser, el estar y el no estar; inconsciente de las situaciones de la vida de cada quien y de cada cual, de la pragmática que la usa para sostener con el lenguaje esta complicada, polarizada, pero equilibrada existencia que experimentamos todos.

– Mario Márquez Farías, 20 de octubre de 2025





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