Es pensado y defendido por muchos neuro-científicos,
lingüistas y literatos que los seres humanos pensamos, imaginamos, planeamos,
percibimos la realidad y varios otros componentes del universo de acuerdo con
la lengua (o lenguas) que hablamos (Sapir-Whorf). De cierto modo, creo que así
es. Aunque las características formales de una lengua en particular no definen
la estructura de nuestra mente y de nuestras conexiones cerebrales, vamos por
la vida condicionados por las expectativas determinadas por los grupos en los que nos desenvolvemos y estos, a su vez, se crean
con base en las interacciones sociales, los libros, artículos, videos, películas, series,
y programas de televisión o radio, protagonizados y hechos por los mismos
miembros y componentes de esa simbiosis de “te creo y me creas, ergo, nos
creamos”. Somos lo que nuestra especie le ha hecho a la lengua y lo que la
lengua le ha hecho a nuestra especie: habla, escritura, materialización y
comunicación del sentimiento y pensamiento individual y colectivo.
A veces pensamos que, por su simple acento,
entonación y léxico, ciertos idiomas son más difíciles de aprender y hablar. También
llegamos a pensar que nuestro idioma es el único que puede hacer “x” cosa,
expresar “tal concepto”, etc. Nunca nos paramos a pensar en nuestras similitudes
tanto como nos ponemos a pensar en nuestras diferencias. Tal vez por ello,
quien hable y entienda una lengua o lenguas que no comprendemos puede, o
causarnos miedo e inseguridad, o interés y emoción; porque aquello que reta
nuestros conceptos, imágenes, sonidos y orden predeterminados es, o un intruso,
o un visitante bastante peculiar del cual queremos saber más y más. Cuando nos
atrevemos a leer, escribir, escuchar y hablar lenguas distintas, nos atrevemos
a amar (y odiar) de tantas maneras, formas, colores y sonidos que la flor de la
vida de nuestra percepción añade unos cuantos cientos de pétalos extra a su
intrínseca unión. La racionalización emocional y sentimental en nuestra corteza
adquiere niveles de maestría o doctorado, por así decirlo.
Aprender
otros idiomas, de la manera que mejor nos plazca, nos ayuda a conectarnos más
con el otro, con el diferente, el extranjero, el lejano. Aprendemos y
entendemos no sólo lo que carga consigo en su corazón y mente, sino toda la
gama de circunstancias y probabilidades que lo han traído aquí con nosotros y a
nosotros con él (claro, si nos lanzamos a esa competencia de resistencia que es
conocerse a uno mismo) Nos hallamos pues, en un campo de batalla donde el
objetivo, curiosamente, no es ganar, sino aprender cómo dejar de pelear.
Nos tocó la difícil tarea de comprendernos,
ponernos en los zapatos del otro por la sencilla razón de que, a escala
evolutiva, geográfica, social y comunicativa aumentamos nuestras trincheras y puestos
de batalla. Nuestra torre de Babel subió bastante alto hacía la comprensión del
cosmos, y el cosmos nos separó; no por miedo a que lo alcanzásemos, sino para
que lo entendiésemos y apreciemos mejor, con todas sus probabilidades, entradas
y salidas, de las que somos y seremos parte.
- Mario Andres Márquez Farías
Comentarios
Publicar un comentario