“Lenguaje incluyente, lenguaje inclusivo y lenguaje discriminatorio”

        Decir que uno es partidario del lenguaje incluyente tiene muchos matices. Podríamos decir que, como la mayoría de los fenómenos que conciernen a las capacidades humanas y actividades sociales, el uso del habla y de la lengua escrita de acuerdo a la situación se encuentra dentro de un continuo. Para algunos, se puede ser partidario del lenguaje incluyente utilizando los medios léxicos y sintácticos que ya provee la lengua, mientras que para otros es estrictamente necesario modificar incluso la morfología léxica y la sintaxis de un idioma para hacerlo “verdaderamente incluyente”.


        No importa quien tenga la razón o quién no; si hay instituciones y personas que nos marcan (ilusamente) cómo se debe hablar o escribir o si podemos hablar como se nos pegue la gana. Lo cierto, es que hay muchas variables y variantes (como en todos los niveles de la lengua) del hoy en día llamado “lenguaje incluyente” o "inclusivo", y decir que uno es partidario del uso de la lengua de una u otra forma no tiene por qué ser determinante, ya que las situaciones, las personas y los temas siempre son variados.

        Es verdad que una lengua refleja el comportamiento, la comunicación, el estilo de vida y las relaciones interpersonales de sus usuarios. Refleja nuestra cultura; desde los sonidos característicos con los que relacionamos a un género o a una condición física y mental que no pertenecen estrictamente a un idioma (tonos de voz, acentos, "pisarse la lengua", etc.) hasta los refranes, metáforas y frases que utilizamos y creamos día a día. Tales usos del lenguaje se van fijando, y se asientan en el habla cotidiana hasta que son parte de la lengua misma, fosilizados. Con los años, ya nadie recuerda cómo ni por qué surgió una expresión, pues ha cambiado su significado (poco o mucho), sus usos e incluso su forma. Como usuarios, siempre vamos cambiando el idioma, pues vamos cambiando y evolucionando también nosotros como individuos y como sociedad.

A la vez, la lengua también cambia nuestra forma de ver el mundo, de una forma o de otra (claro está, que no por hablar español nuestra mente es “española”. No me refiero a eso, aunque más vale prevenir, en caso de malas interpretaciones). Nuestra relación no puede separarse. Por ello, el pretender modificar en el presente aquello que podemos cambiar en el presente, es totalmente válido y aceptado.

        Sin embargo, como en todos los continuos, siempre hay dos extremos opuestos. Ambos extremos, no importa su polaridad, conllevan a un sesgo que no es productivo para el balance y el avance de cualquier fenómeno o aspecto. Ambos opuestos son necesarios, no nos equivoquemos. Nos ayudan a vislumbrar hacia dónde NO deberíamos irnos de lleno. En este sentido, los opuestos que se perciben son: el uso "discriminatorio" y el uso "inluyente" o "inclusivo".

        En el extremo del uso altamente "incluyente" o "inclusivo", de una lengua, encontramos a quienes buscan desesperadamente cambiar el idioma de golpe en todos sus niveles: cambiar el género gramatical ("compañere", "elle", etc.), incluir todos los géneros gramaticales ("todos y todas"), entre otros inventos.

Hay bastantes trabajos, publicaciones y pláticas tanto coherentes como incoherentes sobre este aspecto. Cual neurosis, nos cegamos ante las otras probabilidades y no hay más verdad que la nuestra; el idioma debe cambiar sí o sí.

Se nos olvida que hay elementos que el sistema de una lengua acepta de golpe, y otros que le toman años asimilar. Un idioma lo usan muchos, y nos desespera que no quieran unirse muchos a la causa, que no entiendan lo que decimos y escribimos o cómo lo decimos y lo escribimos.

        En el otro extremo, el uso de un lenguaje discriminatorio, encontramos a quien alegan que no hay nada malo con nuestro uso de la lengua, que lo que expresamos y cómo lo expresamos son “sólo palabras o sólo frases”, sin darnos cuenta que lo que expresamos y cómo lo expresamos sí daña, si discrimina y sí afecta. “Maneja como ruca”, “anda de joto, no quiere ir”, “no seas indio”, etc., son solo algunos ejemplos que podemos encontrar en español.

        En medio de estos extremos, hay varios matices y usos. Hay personas que se ofenden con ahínco, y otros que lo dejan pasar como agua en el mar. Hay personas que buscan el momento, las personas, las situaciones, y las palabras adecuadas. Hay personas que reflexionan sobre qué se puede hacer y qué no, qué se puede defender y qué es indefendible, y quienes quieren cambiar mucho, un poco, o nada. Al fin y al cabo, el sistema de una lengua los incluye a todos, los asimila y los utiliza a todos. Así se mantiene en equilibrio y así se mantiene en evolución.

        Tal vez un día utópico, en el que nos demos cuenta que todas nuestras acciones y todos los ejercicios de nuestras capacidades nos benefician y perjudican a todos, nos daremos cuenta de cuanto cuidado y reflexión debemos aplicar en nuestras propias vidas. Nuestra relación con nosotros mismos, así como nuestras relaciones con los demás, deberían analizarse a diario, para poder ser la mejor versión posible para nosotros mismos y para los otros. Es interesante, hermoso y trágico a la vez, ver cómo nos comportamos, ver nuestras relaciones, nuestro lenguaje y nuestra transformación con y desde un idioma. A fin de cuentas, también estamos en un continuo de matices de los comportamientos y transformaciones de toda la humanidad.




- Mario Andres Márquez Farias

Comentarios

Entradas más populares de este blog

“¿Cuánto dura lo que vale la pena?”

El verbo “to be” y las perspectivas: entre el ser y el no ser; estar y no estar

“De dónde vienen y a dónde llegan los libros”