"De tradiciones y de discursivas"
Se les conoce a las tradiciones discursivas como la “tradición de hablar particular y repetible", "la cual puede afectar a expresiones breves y simples o largas y complejas, y puede ser completa o parcial" y puede "referirse a elementos de la forma o el contenido” (Kabatek 2018, p. 202). Es decir, son formas de expresión en una lengua y en una cultura determinadas que están fijadas, son comunes y son utilizadas por una gran cantidades de hablantes de una lengua, una región (o un conjunto de regiones) y una cultura. Tales expresiones pueden ser cortas, o incluir frases muy largas. Asimismo, tales expresiones se utilizan jugando con la forma de la expresión (qué se dice y cómo se dice) o el contenido (el significado de esa expresión). De entre ellas, podemos destacar dos formas (Wilhelm, en Kabatek 2018):
1. Las fórmulas, como los saludos (buenos
días, buenas tardes, qué onda, qué tranza, qué hubo, “quiubo”, hi, holis, ya
llegó su lodo puercos, ¿cómo andamos?, ¿todo bien?), las despedidas (hasta
luego, ahí ‘tamos, chido, bais,), las formalidades (gracias, por favor,
“tenkius”), los marcadores conversacionales (órale, no pos ta cabrón, ¿a
poco?), etc. Todos utilizamos formulas, y nos causa conflicto cuando otros no
las utilizan como nosotros las utilizamos.
2. Las formas textuales, como las cartas,
las recetas de cocina, los instructivos, los índices, las novelas, etc. Estas
tradiciones “marcan” cómo se escriben o estructuran ciertos textos. Que si un
cuento tiene inicio, desarrollo, clímax y final, o que si un instructivo lleva
pasos (primero, quítese el cubrebocas, luego coma). Sin las formas textuales,
no sabríamos cómo escribir un correo “profesional” a nuestros jefes de trabajo,
con sus fórmulas pomposas (saludos cordiales, quedo de usted, etc.). Las formas
textuales nos ayudan a entender qué tipo de texto estamos leyendo, escuchando,
escribiendo o formando al hablar).
¡Cómo
ayudan a mantener una conversación sin esencia! ¡Cómo llenan espacios! Cómo
guían y cómo pavimentan el camino de las conversaciones del día a día. Contamos
historias y las rellenamos con nuestros “¿sabes cómo?”, “¿sí me explico?”.
Muletillas que se vuelven tradiciones y luego las usan muchos. Muletillas que
duran unos meses, unos años y unas décadas, “¿es real?”, "Simona la Cacarisa, carnal”, “clarín corneta”; que se enramen en nuestra forma de responder a la
cotidianeidad con un “¿que creen que qué?” (de las favoritas de mi madre y mis
tías) o un “nombre no, están colados” (dijeron las señoras fresas luego de reírse
de un chiste “rojo”). Guías en nuestro uso de la lengua oral sobre cómo
expresarme y qué decir con los adultos, los niños, los ancianos, las mujeres,
los hombres, nuestros jefes, nuestros colegas, etc. “¿Cómo anda el jale?”, “¿Qué
dicen los niños?”, “Ta cabrón, ta cabrón”, “Amanecimos que ya es ganancia”, etc.
Todas muestra de que aunque poseemos la capacidad de decir lo que nunca se ha
dicho, usualmente hablamos con lo que siempre se dice. Si no fuera así, no nos mantendríamos
en equilibrio formando expresiones compartidas que forman parte de un entendimiento
mutuo. La capacidad de crear nuevas expresiones y formas de expresión, como lo
hacemos siempre, nos da la capacidad de crear nuevas tradiciones discursivas que
forman parte del cambio lingüístico.
Son esas tradiciones discursivas, las que te
hacen sonar como tu tía hoy en día, diciendo “buenos días, tardes ya”, o
quejarte de los precios con un “ya subió otra vez, se pasan de veras”. Son esas
mismas tradiciones discursivas las que te hacen ser diferente y ser quien eres,
hablando como hablan todos los demás. Y son esas tradiciones discursivas, las
que marcan como terminar un texto. No sé si las estaré siguiendo correctamente.
Saludos cordiales.
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