“Abrazo mi complejo”

Ah, los complejos. Difíciles estados socio-cognitivos-emocionales que nos impiden ser personas “felices” o “satisfechas” con quienes somos, lo que tenemos, lo que hemos alcanzado y lo que queremos hacer. Nos dejan en la idealización del estado perfecto de nuestra existencia, como una homeostasis en perpetuo funcionamiento óptimo, lo cual es imposible. Malditos complejos.

A todos nos envuelven nuestros complejos, algunos compartidos y otros muy nuestros (aunque dudo que sean enteramente propios, puesto que nacen de las expectativas puestas por nosotros mismos basadas en las expectativas de los demás): ser más alto, ser más delgado, ser más fuerte, tener más musculo, tener más cabello, tener el cabello de otro color y forma, tener la piel más clara, que mis senos no fueran tan grandes o que no fueran tan pequeños, que no se me notara la lonjita, que no se me notara la tristeza, tener más dinero, cantar mejor, dibujar mejor, no tener ese lunar, no tener los dientes de esa forma, tener mejores habilidades para el deporte, para cocinar, para conducir, para los idiomas, para la escuela, para hablar, etc. Queremos otro timbre de voz, alcanzar ciertas metas antes de cumplir tal edad, o dejar de hacer algo antes de que sea “demasiado tarde”.

Y es que, la característica principal de los complejos es que son precisamente eso, complejos.  Son variados y difíciles de lidiar con ellos en momentos determinados y diferentes de nuestra vida, aunque claro, hay otros que toman toda la vida. Quisiera no tomarme tan en serio, aunque en otras ocasiones quisiera tomarme tantito en serio ciertos aspectos o situaciones. Quisiera quererme un poquito más, y otras veces quisiera no ser tan egocéntrico. Me clavo con aquello que ni al caso y dejo pasar las cosas que sí debería o podría cambiar.

Sin duda alguna, son mis complejos los que determinan mis actitudes, mis acciones y mis decisiones más que mis sueños, mis metas, mis habilidades o mis faltas.  Entonces, si mis complejos me ayudan a andar por la vida a la vez que me la dificultan, ¿no debería observarlos con más calma y paciencia en lugar de andar huyendo de ellos o buscar ocultarlos? Hoy abrazo mis complejos, porque son precisamente míos, aunque me los hayan adjudicado o se hayan metido en mi subconsciente como un maldito tumor o un cáncer que me carcome a cada instante y que no me deja respirar. Abrazo mis complejos y les presto atención para tratar de entenderme a mi mismo, lo que puedo cambiar y lo que simplemente tengo que aceptar para vivir con más tranquilidad. No me resigno ante mis situaciones, las contemplo y las estudio sin juicio ni prejuicio para tomar mejores decisiones respecto a mi cuerpo, a mi mente, a mis relaciones personales y a mi andar por este mundo perfecto dentro de su imperfección.

Abrazo mis complejos porque mi valía recae en aquello que sé que me hace quien soy, incluyendo las estrías que recorren mi piel, mi corazón y mi mente: marcas de lo que algún día fue muy grande y que hoy son sólo cicatrices dejadas atrás por la transformación constante de mi ser. Abrazo mis complejos porque sé que un día tendré mas pelo donde no imaginé que lo tendría, y ya no lo tendré donde siempre lo vi crecer. Un día se me notará la lonjita y un día ya no. Un día los senos grandes se caerán y los senos pequeños no serán una preocupación al envejecer. Un día andaré a pie y no tendré que preocuparme por ser buen conductor. El idioma que tanto se me complicó ya no importará porque aprendí a usar la inteligencia artificial, aunque eso no me ayudó a conocer personas de otras partes, entender sus culturas y conocer sus complejos.  Me puse frenos y en los frenos se me queda comida atorada. Me quitaron ese lunar feo pero me salió otro que puso en riesgo mi vida. Un día el complejo que “solucioné” dará entrada a que genere otros dos tipos de complejos.

Un día me daré cuenta de que, si hubiera visto a la vida como una bendición obtenida en lugar de una perfección merecida, mis complejos no pesarían tanto. No serían tan complejos sino simples rasgos que me caracterizan como ese ser único en el que el universo se experimenta a sí mismo. Si no abrazo a mis complejos, ellos me abrazarán a mí, y me apretarán tan fuerte que no podré soltarme de su yugo. Bajo ese yugo, nunca estaré feliz donde estoy, con quien estoy, con lo que soy y con lo que vivo. Mas me vale vivir con complejos que sin ellos, porque entonces no vivo del todo.

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