"El prójimo me emputa" (Reminiscencias de una pandemia)

 

Inicia mayo, y comienzo con un escrito de hace cuatro años…

“El prójimo me emputa”

Ante los sucesos que hoy en día permean mi realidad y la de muchos a mi alrededor, me repito con ahínco que, simplemente, el prójimo me emputa. El que el prójimo me empute es algo que me sucede a diario. Porque a diario se me olvida que el hecho de que el prójimo me empute es una cuestión, por demás, egocéntrica. No concibo que el prójimo no conciba la realidad como yo la concibo, ni que entienda las cosas como yo lo hago. Me emputa ver que día a día los demás no hagan las cosas como deberían hacerse.

No entiendo cómo es que los demás no se pueden quedar en casa ni ponerse su cubrebocas. No entiendo qué hacen en el parque cuando deberían salvaguardar su integridad para sobrevivir. Tal vez al prójimo le interese más pasar por esa vivencia que su supervivencia. “Pues qué bueno, porque ya somos muchos y somos el verdadero virus de este planeta”. Pero yo soy parte de ese virus, y yo no me quiero morir todavía. No entiendo por qué no entienden que si nos quedamos todos en casa podremos salir antes. “Tengo que trabajar, ya no puedo estar sin trabajo”. Quisiera que me valiera tanta madre como le vale a mi prójimo. A mi prójimo que me emputa.

Se me olvida que el prójimo es un ente completamente ajeno a lo que pasa por mi cabeza, a mi entendimiento y a mi experiencia. “Pero es que es obvio”, me digo. Ah, lo obvio. Qué tan versátil y variable es lo obvio y qué tan subjetivo. El que el prójimo me empute con sus acciones y sus decisiones es un reflejo unívoco (aunque no equivalente) de aquello que me emputa en mí mismo. No somos capaces de entender el entendimiento del otro (y no lo digo con la esperanza de que me entiendas, porque simplemente yo no lo entendería como tú lo entiendes). Somos incapaces de vivir con nuestros semejantes porque, paradójicamente, no toleramos que se asemejen a nosotros. “Nel, yo no soy así”. Cómo no carnal, nomás que está más pelada emputarme con mi prójimo y con la paja que tiene atravesada en su ojo y que le impide ver “lo obvio”, que tener que pasar por el dolor y la angustia de agarrar con ambos brazos y sacar de raíz el tronco enraizado en mi ojo.

Mientras me sigo emputando con mi prójimo, sigo emputado con aquello sobre lo que no tengo control alguno. Y mientras siga emputado por no poder controlar lo que no puedo controlar, me seguiré emputando conmigo mismo por no poder controlar lo que sí puedo controlar. Mi prójimo no quiere hacerme daño, ni mucho menos busca dañarse a sí mismo. Me emputo porque no hallo cómo hacerme un bien en una situación en la que nunca me había tocado buscar hacerme el bien. Y si prefiero que encarcelen a mi prójimo, que lo castiguen, que lo multen o hasta que se muera, lo mejor sería no preguntarme porque chingados le emputo tanto a mi prójimo como para que ande deseando que todo eso me pase.

Aprender a vivir con uno mismo y con los demás y a sobrevivir con lo que nos toca vivir, de la manera que consideremos más viable, es muy difícil. Porque es muy difícil y prácticamente imposible entender todos los puntos de vista y todas las obviedades que mantienen en pie esta realidad que, válgame el cielo, es obvia sólo para mí.

Pensamiento elaborado en una ida al Oxxo a comprar cigarros. Eso sí, con mi cubrebocas bien ajustado.

Mario Marquez Farias, Mayo de 2020

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