"Alguna vez tuve 10 años"

 

La mera verdad es que me es muy difícil posicionar mi estado mental y corporal a cuando tenía otras edades respecto de la actual. Entre más lejanas, tantito peor. ¿Serán los años, o los abusos?

Claro que puedo recordar cuando tenía 10 años, pero sólo de manera relacional a los eventos y situaciones circundantes de mi existencia, además de haciendo cuentas a partir del año en que nací. “Ah sí, en el 2002. En el 2002 se estrenó El Hombre Araña, y Harry Potter y la Cámara Secreta. Fui a verlas, y en ese entonces tenía 10 años”. Entonces eso hice a esa edad. Recuerdo que fuimos a Mazatlán, y fue el año en que entré al temido quinto de primaria. Y recuerdo que, para ese entonces, yo tenía un Game Boy Advance, y que me pasaba horas dibujando “Gokus” y “Pokemones” y…y así. Si sigo escribiendo sigo recordando, y podría llenar páginas a base de memorias agarradas de la existencia de los números.  

Pero por vida mía que ya no recuerdo mis manos, mis pies, mis días en los que no había ciertas cicatrices o marcas que un día aparecieron y ya no se fueron. Aunque recuerdo los programas de televisión que solía ver, no recuerdo qué tanto espacio ocupaba en el sillón si me acostaba de largo. Incluso con la bendita época en la que vivo, en que las redes sociales me recuerdan cuando estuve gordito, cuando estuve menos gordito, con cabellos parados, con los lentes de Godín, etc., puedo posicionarme en el vato, o el morro, de esas fotografías. Mi memoria me dice que siempre me tronaron las rodillas al agacharnos. Siempre vi igual de mal. Siempre hablé igual, con esta voz. Recuerdo a mis compañeros de quinto de primaria, pero están en los mismos cuerpos que los treintones que veo muy de vez en cuando. Sus cuerpos infantiles se borraron de mi memoria, como el mío.

“¿Te acuerdas cuando te caíste en la orilla de la alberca por querer tirar a tu prima?” Sí, sí me acuerdo. Pero en mi cabeza hay dos eventos: uno en el que me veo desde afuera, cayendo, con el cuerpo de un chavito de una edad aproximada, nunca fija. Y luego tengo la memoria en la que yo reviento banqueta con estilo. Pero en esa imagen yo tengo este cuerpo que ahorita tengo. Este cuerpo que se siente igual, aunque ya no sea así. Toda mi lógica apunta a que ya estaba así, todo señorcito, resbalando kármikamente en un día soleado.

Ah, pero, sólo es cuestión de recordar momentos en los que el alma se recalibró o el cuerpo se puso en peligro, porque entonces sí. Entonces sí no importa cuando fue, ni cuantos años tenía. Nomás me acuerdo cómo se sintió. Me acuerdo bien cómo se sintió ver a alguien por primera vez en un ataúd. Y recuerdo que era niño porque ahí si veo y siento mis manos entrar inmediatamente a mis bolsillos, y siento mi cuerpo pequeño. No sé ni cuántos años, ni en que año, ni quien era, ni cual película estaba en el cine. Pero sentí un agujerito en el estómago. Y cuando choqué el auto de mi madre, más reciente en el archivo y con la confianza de decir que tenía tantos años, y en que año fue, tengo cuerpo de brazos delgados, pancita de porta-vasos, piernas inexpertas apenas alcanzando el clutch. Siento la tela de la playera Aeropostale en mi piel…

Mis puntos de vista y perspectivas sobre el mundo es lo más difícil de recordar, casi imposible para mí. Me acuerdo qué cosas quería, qué cosas me gustaban, quienes me gustaban, quienes no me gustaban. Pero no sé ya que pensaba ese niño de 10 años, acerca de lo que era correcto e incorrecto, moral o inmoral, deseable o no deseable, fácil o difícil, etc. No me acuerdo si a los 10 años todavía creía mucho en Dios o ya no tanto. ¿Cuál era mi punto de vista respecto a las cosas lejanas, como el alcohol, las drogas, el sexo, el trabajo, el dinero, las metas? Porque, aunque era niño, todo eso me rodeaba. Nos. ¿Qué pensaba sobre la amistad, la valentía, la justicia? Quien sabe. Y quien sabe si me pasarían esos conceptos por la cabeza, entre tanto Duende Verde y Basiliscos.  

Alguna vez tuve 10 años. Y 14. Y 20, y… y claro que al sujeto de hace un año o unos cuantos meses, todavía lo traigo revuelto con los puntos de vista del de ahora.  Soy el barco de la paradoja de Teseo, consciente de sí mismo y percibiéndose siempre, como el mismo. Pero wey, no eres el mismo. La paradoja de la equidad, X=X, que se menciona en A little life de Hanya Yanagihara, estipula algo parecido. Que lo que existe, mientras existe, es eso y ninguna otra cosa más. El único problema es que “X” se vuelve autoconsciente, se da cuenta de que pasa por cambios y que de todas maneras sigue siendo “X”. Y cuando equis se quiere acordar de momentos en que fue “X”, pero otra “X”, se sigue percibiendo como “X”. Aunque, después de ver a esa persona en el ataúd, “X” supo verdaderamente que un día ya no sería “X”, aunque tardara toda su existencia tratando de recordar y entender quién era.

                                                  -Mario Márquez Farias. Pensamientos al ver mis manos. Junio 26, 2024

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