"La incompetencia disfrazada de formalidad"
Hay un falso profesionalismo tan visible y
repulsivo (aunque, en ocasiones, admirable) en el mundo capitalista que da pena
ajena cuando se presenta en el otro. En uno, cuando ya se ha detectado, es
risible. Ese falso profesionalismo es la incompetencia disfrazada de
formalidad. Es semejante a aquella formalidad que adoptábamos en los honores a
la bandera en la primaria, para demostrar que ya éramos más maduritos y serios,
y que respetábamos vehemente esa tela tricolor. Profundizo...
Hay muchas maneras de no ser percibido o considerado un “profesionista” en algún área, lugar, o centro de trabajo. Se puede ser corrupto, acosador, acosador sexual, “libertino” sexual, ratero, holgazán (y sus derivados: huevón, flojo, etc.), un simple idiota que no tiene ni idea de cómo llegó a donde está y sólo tiene el puesto por conexiones más fuertes que las relacionadas con la política; se puede ser impuntual, desaseado, grosero, etc. Tantas y tantas maneras de “verse mal”, “quedar mal”, “actuar mal”. Todas estas actitudes reprochadas no sólo en los negocios, el oficio, o en la profesión; en casi todos los actos de convivencia y apoyo humanos. Y casi todos estamos de acuerdo (excepto los que llevan a cabo estás “fechorías”, e.g. casi todos), en que comportarse de tal manera no es propio de un ciudadano ejemplar. No, estas maneras nos quedan claras. En todo caso, estas se consideran lo opuesto, un “verdadero antiprofesionalismo”.
La formalidad es la bandera de los incompetentes, de los “mínimo esfuerzo” que en la preparatoria o, si llegaron a al universidad, salían con su “pero sí lo hice”, cuando les hacían ver que algo no estaba bien. Es el Godín (o la Godina) que se viste “bien” (a veces demasiado, se te nota el intento de más), que nos trae dulces, que habla con rectitud, que está en todas las fotos, que ante los ojos de quien convenga, es un verdadero “profesionista”. Pero esa misma persona no sólo puede que haga lo típicamente rechazado (lo humano, muy humano), sino que es ínutil en esencia. No aporta al crecimiento o desarrollo común, ignorante y desinteresado, en ocasiones, emocionalmente inestable; en resumen: un incompetente que se disfraza con la formalidad. Por fuera es una máquina (según el o ella), y lo que hace en su lugar de trabajo (o su propia empresa) es de alta calidad, aunque la incompetencia tarde o temprano se deja ver, incluso bien vestida. “Como te ven te tratan”; va, te la compro, en parte es verdad. Además, incluso si nos vestimos o actuamos como lo hacemos es precisamente porque nos percibimos (y a veces queremos que nos perciban) de cierta manera. Pero, luego te tratan y weeey, nombre no. Que no se cultive el promover y enfocarse en una portada chingona cuando el libro no da ni para leer en el escusado.
La incompetencia disfrazada de formalidad es parecida al efecto Dunning-Krueger, que estipula que usualmente quienes menos pueden o saben sobre algo, creen que pueden o saben más al respecto. La diferencia radica en que este falso profesionalismo se enfoca en la exaltación de la imagen como profesionista, a través de fotos, comunicados, vestimenta, logros ajenos, etc. Todo lo que denota el prejuicio hacia la percepción capitalista del humano que presta sus servicios. Querer hacerle creer a los demás (y a ti mismo) que estás haciendo un buen trabajo a través de tu imagen externa, cuando todos los que te rodean, y tu también, saben que no. Y cuando se los hacen notar, usualmente hay repercusiones. Qué tan graves o idiotas sean, depende del falso e incompetente profesionista en cuestión.
Ahora imagínate que de milagro te des cuenta de que en algún momento fuiste así, o que sí eres así. Por eso es risible. Porque es casi imposible. Pero es tan notable en el otro. Piensa en cuando quisiste verte “mejor” ante los ojos de alguien, pero te enfocaste en lo que pensabas que te haría ver “mejor” en lugar de enfocarte en verdaderamente ser mejor. Ambas pueden verse iguales en ocasiones. Lo que ocurre naturalmente es que, si bien nos va, vamos optando por lo comodidad (aunque no en la ridiculez, ese es otro tema), y nos vamos enfocando en hacer las cosas bien en lugar de que se vean bien. El verdadero profesionalismo no busca verser bien, sino hacer y actuar bien.
Yo voto porque sí hagamos notar la incompetencia
disfrazada de formalidad como un falso profesionalismo del actuar. Con
amabilidad, porque es algo que todos adoptamos en nuestro afán por ser
aceptados y tomados en serio. Es algo que nos hemos hecho creer. Que los
estudiantes no tengan que ponerse sus ridículos trajes, zapatito bien boleado,
vestido, etc., para poner una presentación PowerPoint asquerosa y aburrida, con
faltas de ortografía, copy-paste, falta de preparación sobre lo que se
presenta, etc. Que no haya tantas juntas en línea o reuniones sobre temas que
se pueden discutir rápidamente, o que no se tendrían que discutir si todos se
dedicaran a hacer su trabajo. Ah, pero eso sí, su ambigú, la fotito,
etc. Yo voto porque no se felicite que se le eche salsa sabrosa a unos tacos
incomibles. Que no se exalte la formalidad sobre la capacidad, la competencia,
los conocimientos. Que si bien un buen profesionista va a llegar tarde uno que
otro día, o el humano incomprendido va a
estar acosando a un compañero de trabajo; no nos venga con que es un ejemplo a
seguir como profesionista, y como persona. Lo más antinatural es querer verse
natural.
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