"Las nubes de septiembre"

Las nubes de septiembre se fueron cargadas de los últimos vapores de vergüenza y lástima que acongojaban el alma. Bastas, frescas; dejando pasar la frescura del otoño entrante que te avisa, o te escucha, o te cuenta, que ya pasó. Ya se fue. Se arremolinan y se arrejuntan, hacen torres, ballenas, dragones y espirales. Nos preparan para los fríos venideros; pero antes se hinchan por última vez de lo que deja ir el verano, riegan la cosecha, y a saborear las luchas, los logros, las despedidas, y los inicios finales del año.




 

Despabilaron el espíritu, despertaron la creatividad. Bajo su sombra, se apaciguaron las ansiedades y las luchas. Porque dejar ir también es dejar que las cosas tomen su forma, sin que tú la determines. Sólo observar el ir y devenir de las nubes, sus metamorfosis y sus evanescencias, bastó para entender de una nueva manera, las enseñanzas ancestrales de las eras: que los años mozos no pertenecen al tiempo, sino a las personas. Porque así como fueron para cada uno, ahora lo son para el otro. Que todo lo que se acongoja, también se vacía, y riega. Que lo que protege, también impide ver. Que las formas del agua a veces reflejan las formas del ánima. 

 










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