“De Selecciones a elecciones: réquiem a un concurso de lectura y las lecturas que nos formaron”
La abuela me contó que, en tercer año de primaria, ganó
un concurso de lectura. Cuenta que, “..en el poblado de Lerdo, Durango, había
dos escuelas primarias. Una gratuita y una de paga. Pos la de paga, mantenía a
la gratuita. Yo estaba en la gratuita. Y un día hicieron un concurso de
lectura, y yo lo gané”. Que porque en casa, viviendo con su hermano mayor,
esposa (a los nueve años, ya tenía comadre) e hijos, pedía prestado los
legendarios mensuales de Reader’s Digest “Selecciones”. Había tomos de cuatro
libros en uno. Su hermano le leía, de vez cuando, cuando las historias eran
pertinentes para los niños. Él les enseño a leer y después, a comprender, a
preguntar qué pasaba y cómo y por qué. Al crecer, “…le pedía a tu tío Álvaro su
libro con un: hermano, ¿puedo tomar el Selecciones?, y se lo llevaba”. Y luego,
contaba esas historias a sus sobrinos, haciendo voces y teniendo cuidado con
los puntos, pautas, exclamaciones, para hacer la narración un poco más parecida
a la realidad inmediata.
Ya mayor, con hijos y pendientes, solía conseguir las
publicaciones mensuales en forma de revistilla también llamadas “Selecciones”,
que hoy en día uno suele encontrar, ahí pequeñas, tratando de sobrevivir, en
los estantes de algunos Wal-Mart, Sanborns, o tiendas de libros y revistas; los
primeros y últimos soldados en pie. Así, mi mamá comenzó a leer los tomos de
libros, y por consiguiente, también las revistillas. “…ahí leí el de
Mujercitas”, dice. También leyó enciclopedias y libros de cuentos comprados por
los abuelos, porque tan en el hábito de la lectura estaba la creencia, entonces
bien fundamentada, que el conocimiento era poder. Y rememoran los días de los
vendedores de libros y enciclopedias de casa en casa, como si hubiese sido hace
una eternidad. Aunque para ser honestos, cada vez las eternidades vienen con
fechas de caducidad más cortas. Esa eternidad fue hace nomás unos cuarenta años,
que pasaron más rápido que en las descripciones de Séneca sobre la brevedad de
la vida.
Y luego, mamá y su hermana comenzaron a comprar esas
revistas también. Cada mes, podía uno ver el ejemplar correspondiente en casa
de la tía o de la abuela, o el del mes pasado que también yo ya había visto en
casa. Todo dependía de la frecuencia de las visitas. Crecimos viendo rostros
conocidos en esas portadas, que no supimos que eran conocidos hasta mucho
tiempo después. Comenzó a ocurrir, entonces, que las pláticas entre los adultos
eran sobre esas revistas y lo que decía ahí. Para mi perra suerte, nunca
entendí de qué hablaban. Nunca me querían decir. En esos entonces, no entendía
que saber ciertas cosas en ciertos momentos no solo no es prudente, sino inútil
e incomprensible.
Mi abuela paterna fue profesora de primaria, allá en los
salvajes sesentas. Mi abuelo paterno, profesor de primaria y preparatoria. En
su casa, también había libros. Libros de cuentos, novelas, enciclopedias,
revistas (sobre todo, de corte y confección), libros de cocina, y, válgame, de
vez en cuando una revistilla “Selecciones”. Papá leyó mucho también, porque era
lo obvio y lo que tenía que hacer un hijo de maestros boomers y porque
le gustaba saber. Le gustaba aprender. Le gustaba imaginar. Muchos de los libros
de la adolescencia de papá, se los llevó a casa. Y claro está, contribuía a la compra de la “Selecciones”
del mes. Y por eso también, contribuyó a la compra de revistas y enciclopedias
para la casa familiar.
Mamá y papá fueron la última generación que conozco, que
compraron enciclopedias y revistas mensuales. Aunque no toda su generación lo hizo.
Compraron libros con la esperanza de que sus hijos se interesaran por ellos,
allá en los finales de unos años noventa que se morían por desembocar en el
océano del nuevo milenio. Compraron diccionarios, enciclopedias de hasta 10
tomos, compraron y les regalaron libros de cuentos, bíblicos y clásicos. Siguieron
comprando sus libros, de acuerdo con sus creencias, las recomendaciones de
conocidos, sus intereses, y sus dudas. Fueron
como sus padres, dedicándose a ir haciendo aparecer revistas, libros y
enciclopedias en casa.
Eso sí, mamá nos leía de todo. Recuerdo bien que nos leía
por las noches. Se aventó la Biblia en modo de cuentos la canija. Me lo creí
por muchos años de lo bien que lo contó. Y la abuela contaba también esas
historias como si las estuviera leyendo, aunque ya las tenía impregnadas en el
cerebro de tanto contarlas cuando fue maestra en escuelitas dominicales. Cual
tradición oral. Así como ahorita hay tanta gente con diálogos de películas
permeándoles por siempre el cerebro. Y pues mamá nos enseño a leer; al menos
eso dice. Si estuve, pero pues ahorita (de aquí al infinito) no me acuerdo
cuando estuve ahí. Pero sí me acuerdo cuando al fin leí la palabra
“SELECCIONES”. Y recuerdo que no entendí el significado, pero supe que lo había
visto muchas veces en revistas que andaban de aquí a allá en casas diferentes. Y
luego existieron los libros de cuentos de la SEP, con el buen “Paco el Chato”,
el “palitroche” de Pita y muchos cuentos más. Y leímos en la escuela. Y había
cuentos en inglés. Y las maestras leían en voz alta y hacían las voces de los
personajes. Y luego mamá me prestó al fin esos libros de cuentos. Y leí, en voz
alta como hacía ella y trataba de imitar las voces pero me tenía que concentrar
en lo que leía y…tu sabes. Pero leíamos. Libros de Scholastic, libros sobre
dinosaurios, los libros de “Escalofríos” o las revistas de Club Nintendo. Siempre
había algo que hojear.
Cuando una buena parte de mi generación se volvió una ávida lectora gracias a Harry Potter y la piedra filosofal, la lectura tomó un rumbo muy diferente. Luego de aventurarme a leer ese libro, el primero sin dibujos y bastante gordito, y leer las secuelas disponibles en un 2001 que ahora también es una eternidad ya caduca, empecé con las revistillas “Selecciones”. Y saqué de las cajas esas ediciones de 1997, 1998, 1999, etc. Y fingí que entendía los chistes de “La risa, remedio infalible”, o “Entre niños te veas”. Y supe sobre Hotmail, sobre Lady Di, sobre el miedo al nuevo milenio (milenio en el cual ya vivía), y entendí mejor el problema ese de las torres gemelas que ningún adulto me podía, o me quería explicar bien. Me sentía un adulto y creía que sabia sobre los temas esos que los adultos nos andaban queriendo ocultar. Y luego, agarré los libros y las revistas de papá. Leí y releí las revistas de “Conozca Más”, “Muy Interesante” y “Cine Premiere. Irresistible es un adjetivo que no honra la situación. Pero así como todo lo absorbía, todo me formaba. “Drácula”, no me dejó dormir a los 11 años. Supe cómo nacían los bebes gracias a un libro ilustrado y con explicaciones que tenía mamá cuando trabajo en planificación familiar. Y agarré las revistas “Men’s Health” de papá y supe sobre cosas que no tenía que haber sabido o tratado de entender a esas edades.
En la preparatoria y adolescencia,
papá me presentó a Carlos Ruiz Zafón (ad Astra) y el cementerio de los libros
olvidados. Parecía una analogía a esa vida que, sin querer, se me fue formando
rodeado de revistas y libros leídos, releídos y olvidados, en una casa u otra.
Y así fui aprendiendo, que hay cosas que se leen con el ánimo de aprender,
otras para informar, otras para poner a pensar. Y hay otras, que se leen sólo
por disfrutar, por pasar lo ojos, el dedo índice por esas grafías, y caer en la
cuenta de que hay muchas, muchas cosas, que se pueden experimentar sin
vivirlas. Y todas necesitan un tono diferente. Todas se leen a un ritmo
diferente.
Mi abuelo paterno no leía conmigo, no me leyó jamás, pero
siempre supe que los libros también eran sus amigos. Tenía muchos. Libros de
fotos, que no hojeé hasta ya mayor y me di cuenta que eran fotos de la revista
TIME o fotos sobre la segunda guerra mundial. Había libros de “Hágalo usted
mismo”, porque el abuelo era autodidacta. En cada libro había apuntes en hojas
de cuaderno doblados y metidos en esta página y en esta otra. En su biblia se
quedaron notas a pie de página, un libro de JOB subrayado con marca-textos y el
famoso JOSÉ 1:9, accesible gracias a un dobladillo en la orilla de la página.
Cuando falleció, en un 2008 que me encontró de 16 años, la abuela me dejó
algunos de sus libros. Apuntó su dedo hacia un librero con volúmenes empastados
“verdes” que estoy seguro muchos tenían en su casa. Y me dijo que eran míos,
cuando quisiera llevármelos.
Hasta hoy, me he llevado poco a poco ese conjunto de libros y me doy cuenta de que, ahí estuvieron siempre Aristóteles, Platón, Shakespeare, etc. Ya grande vi con asombro cómo muchas cosas que vi en la universidad estaban ahí, en esas enciclopedias que mis padres habían comprado en mi niñez. Ya las revistas “Selecciones” no están en casa, eso sí. La abuela ya no las compra, o nadie que yo conozca. Pero las recordamos hoy con gusto. De vez en cuando las compra la señora con quien me corto el cabello. Los libros y los cuentos siguen llegando a casa, aunque cada vez con menos frecuencia por estar atrapado en una pantalla en mi mano. Igual va para mamá, para papá, para la abuela, para la mayoría de nosotros hoy en día. Pero hoy, ella recordó que ganó un concurso de lectura en 1958. Y al escuchar su historia y a mamá, me sumergí en el entramado mágico de hilos que son las influencias, y de lo que vengo escribiendo ahorita.
Quien sabe desde dónde traía el tío
Álvaro eso de leerle a los niños. Tal vez surgió con él, aunque no me la tengo
muy segura. Pero le leyó a su hermana pequeña; que leyó sin saber que, por
ella, y por los otros abuelos de algunos de sus nietos, leemos. De libros a
revistillas, de “Selecciones” a “elecciones”, de influencias familiares a
influencias literarias, nos sumergieron en mundos varios que enriquecieron
nuestras vidas y perspectivas. Nos abrieron el panorama, sólo por el ánimo de
leer. Porque al parecer cuando no había mucho de dónde buscar, era cuando mejor
se podía encontrar. Réquiem a ese concurso de lectura, y las lecturas que nos
formaron.
- Mario
Marquez Farias, 29 de noviembre de 2024
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