“La desventaja de los signos”

Somos seres de significados, porque somos seres de relaciones e interacciones. No es algo tan especial, así se comporta el universo. A cada “otra cosa” con la que nos topamos, le damos un significado basado en nuestra relación e interacción con ella; ya sea por cómo nos la encontramos, cuando, con quien, en qué creíamos, qué sabíamos, qué no sabíamos, etc. Es útil y necesario, porque en el entramado tan complejo que es la “realidad” que podemos percibir, hay muchas “otras cosas” que no son nosotros, y que, como nosotros, se relacionan e interactúan con “otras cosas”.  El atribuirle o no significado a las cosas con las nos topamos, querer dárselo o no, nos ayuda a entender todo lo que percibimos, y a descansar de la impetuosa y constante lluvia de dudas que tiene la vida. Como nos relacionamos e interactuamos con varias cosas, con varias personas, con objetos, con eventos, con situaciones repetidas, con situaciones nuevas, etc., hay varias formas de que algo tenga un significado para nosotros: lo adquirimos, lo aprendemos, lo establecemos, lo inventamos, lo indagamos, e incluso, lo justificamos o lo defendemos. Y como son tantas cosas y tantos significados a lo largo de una vida, también necesitamos una forma de conceptualizarlos. Porque los seres humanos no solo somos de vivir de significados, sino principalmente de comunicarlos.  

Es por estos andares que los seremos humanos usamos, para todo con lo que interactuamos y nos relacionamos, signos. Son los signos lo que nos ayuda a establecer, comunicar, y relacionar significados.  Y, ¿qué son los signos? Un token, un representante de algo con lo que percibo, me relaciono e interactúo con el mundo. En palabras del lingüista mexicano Raul Ávila: los signos son hechos perceptibles que nos dan información sobre algo distinto de si mismos (2007).

Hay signos secundarios que dan información, sin querer queriendo, de dónde somos o venimos, en qué creemos o qué apoyamos, y qué hacemos o qué tenemos. Esa información, sin embargo, depende de nuestras propias interpretaciones contextuales de esos signos; ósea, de nuestra circunstancia. Porque la circunstancia es geográfica, es social, es cultural, es temporal. Ya por ahí alguien dijo que yo soy yo, y mi circunstancia. “Que si alguien trae turbante decimos que es de Medio Oriente”, “que si está despeinado es porque no se bañó”, o si” usa cierta ropa es porque tiene cierta edad”. Muchas veces estas relaciones signo-significado sí son ciertas, aunque hay algunas relaciones de significado menos defendibles: “que si el moho en el pan tenía la cara de un santo o una deidad”, “que si sueñas que se te caen los dientes tendrás mucho dinero”, “que si estudias un doctorado te irá mejor en la vida”, etc. Lo cierto es que estos signos, aunque puedan crear relaciones “signo-significado” lógicas o no, no se usan de manera intencional. Aparecen desde nuestras propias interpretaciones, pero no era su función principal. Sólo dan un significado circunstancial que no comunica nada, a menos que nosotros lo percibamos así. Y ahí radica, para empezar, la desventaja: si traigo una playera de mi banda favorita, claro que intencionalmente quiero comunicar que me gusta esa banda, aunque podría ponerme cualquier otra. Si me arreglo para ir a un evento formal, claro que me visto de manera intencional para comunicar mi estatus, los colores que me gustan, o lo que entiendo por “estilo”. Hasta ahí todo bien. El problema surge cuando el “otro” atribuye un significado erróneo y actúa con base en ello. En el mismo sentido; como no conozco toda la circunstancia de lo que me topo y lo veo desde la propia, ese significado que atribuyo es sesgado, y muchas veces, mal interpretado. “Si me dejó en visto quiere decir que no le importa”, “si se viste de esa manera es para provocarme”, “si trae muchos tatuajes es un delincuente”, o una de mis favoritas; “si va a la iglesia, es buena persona”. Es claro entonces, que no solamente lo que comunican los signos secundarios no era intencional, sino que en ocasiones los significados que atribuimos pueden resultar inconvenientes. Pero es que somos humanos, a todo le queremos “hallar el hilo negro”. Entonces el problema no es la nave, sino, ¿dónde aterriza? … y quien la revisa…

Por otra parte, para poder explicar, mostrar, ilustrar, ejemplificar, y/o “expresar” todas las relaciones de significados que hemos desarrollado, también hay a nuestra disposición otra serie de signos: los signos primarios, aquéllos que usamos para verdaderamente comunicarnos y que usamos exclusivamente para dar información de nuestros “piensos” y nuestras intenciones. En estos signos primarios está el tocar la puerta, el toque de la campana, las mismas palabras que lees para entender este entramado mental que traigo, los mismos sonidos que emites, como sinfonía musical, para rayarle su madre al vecino, todas las señales que puedas hacer con las manos, todos los gestos, los ladridos de los perros y los maullidos de los gatos, y todas las lenguas del mundo. Aquí la ventaja es que quien usa estos signos, puede usarlos con alguien que también los interprete o use de manera parecida, con muchos aspectos de su circunstancia alineados. Tiene que haber un mutuo acuerdo y entendimiento. Pero precisamente por ser también circunstanciales, poseen la gran desventaja de los signos secundarios: son proclives a ser malinterpretados.  Y el problema se repite:  si no hay un acuerdo y entendimiento mutuo del uso y lo que representan esos signos, puede haber malas interpretaciones, o ninguna interpretación en absoluto. Podamos hablar español en un lugar donde sólo se habla inglés y ese conjunto de signos nos resulta prácticamente inútil. Podemos hacer el signo de “amor y paz” en un lugar donde probablemente signifique que estas declarando la guerra o podemos usar un signo que antaño era sagrado en nuestra bandera nacionalista. Incluso hablando el mismo idioma, y viviendo en el mismo lugar, una palabra con un tono que no era, una frase en una reunión que no era, y nuestra genial habilidad para entender y usar signos no nos salvó de la confusión que es relacionarse e interactuar con la vida, desde la vida. Si no hay un acuerdo no hay un entendimiento, y si no hay entendimiento no hay acuerdo. ¿Qué hacer entonces?

Al terminar de escribir esto me recuerdo que el problema no está en las cosas, sino en nuestro entendimiento y uso de las cosas. Que un martillo puede ser muy útil, pero ante mi ignorancia de las funciones y significados atribuidos del mismo, puedo generar muchos problemas. El problema reside en nuestras interacciones, interrelaciones e interpretaciones del mundo. Porque los signos son herramientas, herramientas inventadas (como las lenguas) o atribuidas (como las matemáticas) para ayudarnos a andar por la vorágine de la experiencia humana. O como dijo un amigo la primera vez que me caí de la moto: el problema no es la moto, es el usuario.

Probablemente por ello nuestro conocimiento, entendimiento y uso de los signos esta “mezclado”. Todo se ayuda: nuestra manera de vestir, nuestro peinado, nuestra postura, el tono de voz, el acento, las palabras, los gestos de mi cara, mi movimiento de manos, el enfoque de mi vista. Todo es información. Todo comunica y trae un significado para alguien. Comunicamos queriendo y comunicamos sin querer. Pero siempre se nos va una. No le atinamos a entender o expresar todo, o por lo menos, a hacerlo bien. Se nos tiene que ir una. ¿De qué otra manera seguiríamos observando, indagando, aprendiendo, interactuando y disfrutando de esta vida?

-Mario Márquez Farías, 17 de noviembre de 2024




Comentarios

Entradas más populares de este blog

“¿Cuánto dura lo que vale la pena?”

El verbo “to be” y las perspectivas: entre el ser y el no ser; estar y no estar

“De dónde vienen y a dónde llegan los libros”