“Las pláticas en común”

"No entrenes a un niño para aprender por la fuerza o la dureza; más bien dirígelos por lo que divierte sus mentes, para que puedan descubrir con exactitud la peculiar inclinación del genio de cada uno” - Platón

Coincidían Vygotsky y Piaget en que las pláticas entre adultos y niños son clave para el desarrollo del pensamiento crítico y la confianza de estos últimos; y de paso, de los primeros. Vygotsky decía que estas pláticas ayudan a aprender y pensar mejor gracias a la guía de los mayores, mientras que Piaget creía que eran oportunidades para que los niños exploren y construyan su propio conocimiento. También Rogers y Erikson señalaban que estas interacciones son importantes para que los niños se sientan seguros y confiados en sí mismos, especialmente cuando los adultos los escuchan con empatía y refuerzan sus logros.

Por muy de acuerdo que esté con estos personajes, y hasta con las premisas del buen Platón, ninguno me habla sobre el encuentro misterioso que son las “pláticas en común” entre un niño y una persona adulta. Y es que nuestras pláticas y conversaciones más usuales, como no, las tenemos con quienes compartimos algo referente a nuestro estilo de vida. Usualmente esas pláticas con mis congéneres son muy parecidas y van acompañadas de un “mmjmm, si pues sí” o “ándale, así me siento”, “así ando”, “así es esto”, “ojalá”, “verás que sí”, etc. Y no me quejo, me acompañan en mi humanidad. Pero más que pláticas, son temas en común. Que si el trabajo, que si las deudas, los planes, el amor o el desamor, las mentiras, las oportunidades, la serie del momento, las canas, los hijos, (las mueeertes cabrón). Y no digo que no haya temas en común que puedan discutir los niños y los adultos, aunque usualmente son conversaciones para enseñar o resolver algo. Casi siempre son un “para qué”, “dé qué manera se hace o puede hacerse tal cosa”, un “por qué” o un “porqué”.

Las “pláticas en común”, por su parte, tienen que ver con aquellas conversaciones entre interlocutores de naturalezas, orígenes o características distintas, que encuentran no un tema, sino una situación idónea para intercambiar ideas y puntos de vista. Son discusiones que van más allá de las interacciones entre el grande y el pequeño, el que está bien y el que está mal.  El que es listo y el que es tonto. El que es hombre y la que es mujer. El que tiene estudios y el que no. Esas pláticas en las que hay una danza verbal entre interlocutores que encontraron un punto de encuentro humano que llama más a la esencia que a la existencia: nuestros gustos y fascinación por los mismos, cómo nos hace sentir una historia, o cómo hablamos de nuestro diario vivir.

Mi “plática en común” con un niño el día de hoy fue en un taller de motocicletas. Es el hijo de los dueños y el revisa las cámaras, apunta las citas en el cuaderno, y atiende a la gente que va llegando. “Mi mamá se fue a llevar a mis hermanas a la secundaria, si gusta esperar. Puede dejar su casco aquí o esperar en las banquitas de afuera” dice muy amable, como si el güey hubiera sido mesero o aeromozo en otra vida. Me eché un cigarrito afuera del taller mientras llegaba su madre, a lo que el compita se olvidó de su labor temporal y se me unió para preguntarme qué tenía la motito. “Ah eso está fácil, mi papá lo arregla en diez minutos, pero tienes que venir en dos horas porque lo que se tarda es el proceso”. ¿Ya que queda por decir, sabes? Expiré el humo y asentí sonriendo.

El chavito cuenta orgulloso que ya tiene siete años y que los cumplió en noviembre y que ya corre más rápido que cuando tenía seis, y que segundo de primaria ha estado fácil hasta ahorita. Llega su madre y, apagando la colilla, vuelvo a la oficina. Ahí, mientras firmo y discuto papeleo, se me acerca con un origami plateado con cuatro puntas, mal coloreado de gris y que miré para luego sentir una descarguita en el cerebro. “Ese es un shuriken” le digo “Has de andar bien traumadito con Naruto”. La mamá y la hermanita recién llegada se ríen y dicen “Todos los Narutos habidos y por haber”. Acto seguido, el pequeño asistente del taller de motocicletas, saca sus Funkos de un cajón (si, un cajón donde en otros cajones hay cajas y piezas de motos). “Este es Sasuke y este es Naruto Hokage”. Y comienza una plática sobre personajes, poderes, ojos, habilidades, y que hay que cuidar los juguetes como a las motos dice, que los encontramos más baratos en los tianguis, que mis lentes se parecen a los de tal personaje, etc. Pude irme con una fotografía de ambos personajes, parados sobre un estante con un casco, llaves, y papeles. Ahí estaban, como si estuvieran a punto de empezar una de sus peleas legendarias que me hicieron olvidar las cositas de adultito que creo que tengo que hacer, como dármelas de sabiondo o dejar de hablar de ciertos temas o peor tantito, creer que los niños están tontos y lo único que puedo proveerles es mi guía.

Las “pláticas en común”, sobre todo con los niños, son raras y excepcionales, por lo menos para mí que no soy padre o maestro de primaria o algo por el estilo. Además, son tan enriquecedoras para ambas partes porque a ellos les hacen olvidarse un rato que hay gente grande que se quiere sentir grande siempre, que nada más quieren andar enseñando, dando consejos, regañando, sugiriendo, limitando, u ordenando. A los grandes, se nos olvida un rato que no tenemos que mostrarle nada a nadie, y que le pertenecemos más a las cosas que nos mueven el tapete que a los años, a las edades, y a las diferencias entre generaciones, géneros y sexos.  

Antes que los eruditos de la educación y del desarrollo infantil, Platón ya pensaba que la educación debía preparar a los niños desde la infancia para ser virtuosos y buenos ciudadanos. Para ello, se debía observar el camino con ellos antes de querer explicárselos, y dejar que cada uno pensara por sí mismo. Hasta ahorita no encuentro mejor manera de hacerlo, que buscando y alentando las “pláticas en común” entre aquéllos cuyas diferencias están más marcadas. Con los niños, con los adultos mayores, con las mujeres, con los hombres, con los de otra religión, o con alguien de otro país. Al final, estas conversaciones nos recuerdan que debemos encontrarnos en la curiosidad mutua; en esa intersección de interés por algo que cautiva a todos los humanos de todos los colores, tamaños, sabores y humores: las buenas historias, los personajes memorables, el poder de la naturaleza, y la magia de los cambios.

-Mario Márquez Farias, 13 de enero de 2025


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