El arte de hablar: entre el bien y el buen hablar
Hablar, esencialmente, es emplear nuestra capacidad lingüística para expresarnos en una lengua, de la manera más esencialmente natural posible; emitiendo grupos de sonidos concatenados para establecer nuestras intenciones, dar a conocer nuestros pensamientos, informar, o para resolver un problema. Hablar es, por tanto, un acto esencialmente humano, aunque la práctica lo lleve a inteligencias artificiales o loros imitadores.
Pero no siempre reflexionamos sobre las distintas
dimensiones que implica comunicarnos. Existen dos aspectos que a menudo se
confunden o se tratan como sinónimos: el bien hablar y el buen hablar. Y es
que, en su diferenciación, podemos enriquecer nuestra capacidad de conectar con
los demás y con nosotros mismos.
El bien hablar es el dominio técnico del lenguaje. Es la
capacidad lingüística de usar la gramática correcta, tener una pronunciación
clara y una estructura coherente. Es la habilidad de articular las palabras sin
trabarse, de entonar adecuadamente para enfatizar las ideas, de mantener la
mirada en una conversación o de escribir con precisión para que el mensaje
llegue sin ambigüedades. Esta destreza se aprende y se perfecciona leyendo,
escribiendo y practicando con oradores o expertos en comunicación. El bien
hablar es lo que más se critica y analiza y se defiende al dar clases, dar
presentaciones, pláticas, cursos, etc. En redes sociales o en entornos
académicos, el bien hablar se analiza y critica, a menudo como herramienta para
validar o desacreditar a alguien. Su desarrollo está vinculado con el
privilegio de haber tenido acceso a la educación y a oportunidades de práctica
constante.
Por otro lado, el buen hablar va más allá de la corrección
lingüística y entra en el terreno de la ética y la empatía. Se trata de la
intención y la calidad del mensaje, de elegir las palabras adecuadas según el
contexto y de saber cuándo es mejor callar. El buen hablar implica no usar el
lenguaje para dañar, para propagar chismes o para manipular. Hablar con ternura
a los niños, con paciencia a los adolescentes o con respeto a personas de
distintos contextos sociales son ejemplos de buen hablar. Esta habilidad no
siempre se enseña en las escuelas, sino que surge de la reflexión personal, de
las virtudes cultivadas y de elecciones conscientes que armonizan razón y
emoción.
Si bien ambos aspectos son distintos, no son excluyentes,
sino complementarios. Un discurso impecablemente estructurado pierde su valor
si se usa para herir o desinformar, mientras que las mejores intenciones pueden
diluirse si el mensaje está mal articulado. Grandes pensadores como Aristóteles
defendían la importancia de la retórica no solo como arte de persuadir, sino
como herramienta para buscar la verdad y el bien común. En ese sentido,
podríamos decir que la verdadera maestría del lenguaje radica en saber combinar
el bien hablar con el buen hablar.
Cultivar ambas habilidades nos permite no solo ser mejores
comunicadores, sino también mejores personas. Dominar el lenguaje nos da voz,
pero usarlo con bondad y responsabilidad le da sentido a esa voz. Tal vez la
clave esté en recordar que las palabras son puentes: cuanto más sólidos sean
sus cimientos lingüísticos y cuanto más noble sea la intención al construirlos,
más lejos podremos llegar en nuestra búsqueda de comprensión y conexión humana.
- Mario Márquez Farias, 25 de Febrero de 2025

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