“Veinticinco de junio de 2009”
Conocí lo que era “estar crudo” el día que Michael Jackson murió. O, más bien, Michael Jackson murió el día que yo conocí lo que era una cruda, porque ésta última fue primero.
Desde el alba, cuando fui obligado a abrir los ojos por una abuela que venía de aquí para allá, porque hay que ir a la graduación de tu primo, ándale, alístate. Graduación de un primo que, lo sé y lo sabía en aquel momento, experimentaba una cruda peor que el dolor de cabeza, el estomago revuelto, las nauseas y la tristeza en el pecho que yo sentía. Bastante cerveza había entrado en nuestros jóvenes, inexpertos y soñadores cuerpos un día antes, para enterarnos al día siguiente de lo que es, en términos biológicos, una deshidratación grave. Ahí vamos. Yo, desde las gradas de un gimnasio caluroso y lleno de gente, acompañando a los abuelos a ver cómo se gradúa de la preparatoria el nieto mayor. El nieto mayor, cabizbajo y adormilado, pasando a recoger su diploma con una sonrisa de alegría que oculta el dolor que acompaña a quien no ha probado nunca un Electrolit con Ibuprofeno.
A miles de kilómetros, en otro mundo y en otra vida, el rey del pop no respiraba. La resucitación cardiopulmonar sólo logró romperle algunas costillas a la vez que, aunque lo ignoro por completo, Michael Jackson se agarraba de las barras paralelas que son el estar y el no estar, hasta que se soltó del lado del verbo “to be”. Las noticias todavía no se volvían virales, o por lo menos no como hoy; tan virales que se tornan efímeras y olvidadas con la misma rapidez con la que alcanzan la cima. No, la muerte de Michael Jackson fue televisada, en muchos noticieros. En la misma tarde en que se anunció su fallecimiento, el canal de MTv dio rienda suelta al desfile de videos musicales con muchos éxitos del mero mero. Por semanas llevé música del Mike en el auto, con una hoja de cuaderno pegada en el cristal, mostrando la sombra del rey haciendo su moonwalk.
Todavía me dolía la cabeza y el pecho cuando lo vi en las noticias. Definitivamente había partido la voz que escuchaba en el auto del abuelo materno cuya voz también ya había partido, diciéndome que le gustaría saber qué tanto cantaba ese loco con sus gritos y sus bailes. Si la nostalgia en el pecho por la falta de electrolitos no era suficiente, se le agregó la nostalgia de más circunstancias pasadas. Esa noche, la misma tía que una noche antes había recibido con regaños a dos primos experimentando la náusea, me dijo casualmente: se murió Michael Jacks
on mijo. Si, ya me enteré. Michael Jackson, el rey del pop, del beat it, murió el día que murieron algunas de mis inocencias: que el cuerpo aguanta, que los excesos no se pagan, que hay dolorcitos que tardan en curarse, a menos que te sepas soluciones efectivas; y aun así, toman su tiempo. Qué curioso es tener una fecha exacta para algo como eso, o qué curiosa manera en que se fijó ese recuerdo. Ojalá no se hubiera reforzado tristeza con tristeza, ambas contrapartes de alegrías; aunque por ello, ahora son nostalgias con fecha de fusión.Ojalá las nostalgias por la inevitabilidad de las muertes se vivieran igual que curarse las crudas: con algo de beber, algo de comer y un poco de descanso. Con el recuerdo de las vivencias, de las risas, de lo que se dijo, de lo que mejor no se dijo, y de la calidad de las experiencias. Pero no todas las muertes son tristes, ni todas las crudas se curan igual. Hacen falta unos cuantos muertos, o unas cuantas borracheras, para atestiguarlo. Pero de esas, no tengo fechas exactas.
- Mario Márquez Farias, 30 de marzo de 2025

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