Todo es lo mismo, nomás regurgitado

A veces me encuentro diciendo la frase “todo es lo mismo, nomás regurgitado”; sobre todo cuando, en alguna plática, se llega a entrever la repetitividad de las cosas, desde las caras hasta los comportamientos de las personas; desde los ciclos naturales hasta las historias de los imperios.

Me gusta decirla, y pensarla, porque en ella descansa una máxima repetida en los días de secundaria, basada en la ley de conservación de la materia de Lavoisier: que la materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma. Incluso las “vibras”, esas que herméticamente son energía en planos diferentes, siguen el principio físico cuántico y clásico: que la energía no se crea ni se destruye, solo se transforma.

Así como el alimento pasa por los cuatro estómagos de un bovino; cada idea, cada evento, cada patrón, pasa por capas, se descompone, se digiere, se transforma… pero no se inventa desde cero. Se reutiliza. Como dicta el hermetismo: como es arriba, es abajo; como es adentro, es afuera. Lo que ocurre en un plano se replica en otro, con distintos ropajes pero la misma esencia. Como los arquetipos junguianos que reaparecen en los sueños y mitologías de culturas que jamás se conocieron. Como las historias de amor y traición que cambian de nombre, pero no de núcleo.

La idea de que todo es reciclaje cósmico, que las formas cambian pero el fondo se repite, resuena mucho con esa visión de un universo que se pliega sobre sí mismo, se prueba, se corrige, pero nunca deja de bailar con los mismos pasos, aunque con distinto disfraz.

También puede entenderse como una crítica al supuesto progreso o a la innovación superficial. Hoy se nos vende lo nuevo como si fuera inédito, pero ahí está el truco: no hay novedad sin repetición. Por eso “las modas vuelven” y la gente tiene Doppelgängers. Todo lo que hay es combinación, reordenamiento, mezcla de ingredientes que ya estaban ahí desde siempre.

Quizá por eso, más que buscar lo “nuevo”, vale la pena afinar la mirada para reconocer los ecos, los patrones, las rimas invisibles entre lo que fue, lo que es y lo que será. Porque si todo es lo mismo, nomás regurgitado, entonces vivir es también aprender a identificar de qué ciclo venimos y hacia cuál nos dirigimos. Y en ese vaivén, encontrar sentido no en la originalidad absoluta, sino en la forma única en que cada quien mastica, digiere y vuelve a soltar al mundo lo que ya estaba ahí —pero con su propio sabor.

                                                                                               - Mario Márquez Farias, 09 de abril de 2025


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