“Soy el maestro de mi destino, soy el capitán de mi alma… aunque a veces, no me guste”

 Escribió alguna vez alguien en su blog personal, entre filosofías pre-pandémicas y antes de conocerle, que “cada quien está donde quiere estar, aunque no le guste”. Y qué fuerte el gancho. No lo vi venir, aunque siempre he sabido que así es. En algo parecido culmina el poema Invictus, de William Ernest Henley, y es una de mis frases favoritas: “I am the master of my fate, I am the captain of my soul.”

Pero, aunque me jacte de decirlo seguido, y hasta me lo haya pintarrajeado en la piel, “ser el maestro de mi destino y el capitán de mi alma” y terminar en donde no me gusta, implica que han sido más las veces que los devenires desafortunados del destino tienen que ver más con mis hábitos y costumbres, mis antojos y mis apegos, mis miedos, mis comodidades y mis indiferencias, que con agentes externos como las crisis económicas, las epidemias y las pandemias, regímenes totalitaristas y los democráticos, una guerra, las decisiones de mis padres o de mis maestros o de mis parejas o de mis exparejas, las decisiones de mis empleadores, o incluso, la muerte de alguien.

Eso sí, con esa frase zozobraron, al fin, las quejitas. La pusilanimidad adyacente que trae consigo molestarse por los propios infortunios con agentes externos, viendo la paja en el ojo de lo que no controlo, sin tomar el tronco que está en el ojo de lo que yo puedo decidir y responsabilizarme. Porque pa’ qué mentir: a pesar de la “valentía” con la que procuro conducirme a diario respecto a mis acciones y decisiones, y recordar esa otra línea del poema de Henley: “…and yet, the menace of the years finds and shall find me unafraid”, mis “agustos” terminan volviéndome un poco más cobarde y quejumbroso cada vez. Y entre más culo y quejonsito, menos tengo el valor de reconocer que, en efecto, “estoy donde quiero estar, aunque no me guste”.

Puedo estar en un trabajo “con base” y “prestaciones” que me hace infeliz, como ya me ha pasado. Me hace infeliz porque el ambiente laboral siempre está impregnado de miedo, duda, chisme, disfrazado de cotorreos, posadas y un salario fijo. Puedo estar en una relación sentimental en la que llevo meses o años languideciendo, por “miedo” a no encontrar nunca más el amor (lo que en términos biológicos es más bien la comodidad de no tener que buscar otra pareja), soportando faltas de respeto, faltas de cariño o atención, consideración o amistad. Y puedo hablar y hablar de todo lo que postergamos, dejamos pasar, dejamos ser o dejamos que surja, nomás porque ahí queríamos estar, aunque en realidad no nos gustara.

Entonces, mi cerebro me engaña. Siempre termino estando donde mi cerebro quiere estar en el momento, aunque después no me guste. ¿Entonces qué? ¿Cómo puedo estar en un lugar que no me gusta, pero donde sí quiero estar? Supongo que bajo la misma premisa: tal vez deba estar más en donde mi cerebro hecho de costumbres y comodidades no quiera estar, pero el resto de mi ser, de mi espíritu, alma o como lo quieras llamar, sí quiera. Ir más allá, también del “de algo nos tenemos que morir”, que nos libra de la responsabilidad a largo plazo, alegando que, de todas maneras, alguien más ya selló nuestro destino.

Me lo voy a recordar toda la vida, porque me dolió más. Me revolvió más. Me lo he dicho más. Porque ahora pienso que, si estoy viendo algo que no me gusta, leyendo algo que no me gusta, experimentando algo que no me gusta; y no puedo cambiarlo y ahí me quedo, entonces ahí quiero estar. Porque no importa si debí, no debí, tenía qué o no tenía qué, ahí quise estar. Porque fui y soy el capitán de mi alma y el maestro de mi destino, aunque a veces no me guste, o no me haya gustado.

“Mi gusto es”, dicen, “¿quién me lo va a quitar?”

Pues al parecer… yo mismo.

                                                                                           - Mario Márquez Farias, 01 de mayo de 2025






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