“El wabi-sabi o la trascendencia de la intrascendencia ”

Dijo Heráclito, "el primer filósofo", que nadie se baña dos veces en el mismo río. Es decir, que nada sucede dos veces de la misma forma, porque nada se relaciona ni interactúa de la misma manera con otras cosas en el mismo espacio, ni en el mismo momento.  Los sucesos, los acontecimientos o los eventos de la vida suceden y forman parte, todos, de circunstancias en particular. Tales circunstancias se componen no de dos o tres elementos, sino de una cantidad enorme de redes de vínculos e interacciones, ya sean entre elementos vivos o no vivos. De todo vínculo y toda interacción nace una transformación, en creación o en destrucción.

Nos conectamos e interactuamos con todo lo que podemos percibir o con lo que podemos tener contacto. Yo tengo un vínculo con mi madre, pero también lo tengo con la ciudad en la que vivo. A mi madre le conozco sus lunares, su caminar, su tono de voz y dos que tres de sus historias antes de llegar a responsabilizarle la vida. Le conozco sus muletillas al hablar, sus frases típicas, qué va a desayunar, o qué está viendo en la televisión cuando le llamo por teléfono. Mi relación con la ciudad es similar. La conozco bien a fuerza de andares diarios por los mismos caminos, los mismos baches, los topes, la tierra, el alto que no se ve, las veredas y las colonias por las que prefiero no pasar. Como cuando evitamos esos temas difíciles para una persona, o cuando alguien se tiene que andar con cuidado con ciertas conversaciones porque nos incomodan a nosotros. Aunque “mi” ciudad no esté viva, me percibe. Me transforma y yo la transformo, tanto de manera literal como figurativa.  Le deterioro el pavimento, le dejo basura, paseo por sus alrededores. De cierta manera, si te quedas mucho tiempo, te vuelves parte de sus historias. Porque, aunque la ciudad, el lugar de trabajo, al igual que los libros y los objetos, no estén vivos, fueron creados y usados por los vivos. Por tanto, se perciben como tal. Por eso luego hay gente que se casa con su closet, güey. En pocas palabras, a Ortega y Gasset le faltaron dos “eses” a su famosa frase para poder encapsular la realidad subjetiva de todos: YO SOY YO, Y MI“S” CIRCUNSTANCIA“S”.

Y de esta particular premisa de dos párrafos parten mis tormentosos y apaciguantes pensamientos de la semana:

Primero; que el paso del tiempo no es más que el historial constante de las conexiones e interacciones que tenemos (y nos tienen) en la vida. Que contamos nuestras vidas a partir de las transformaciones, grandes o pequeñas, pero constantes, que permean nuestra existencia. Citando a Manrique "nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir".  Que lo que no se modifica mucho, es porque no se relaciona mucho, y peor tantito, interactúa poco. Las arrugas marcan la pérdida de elasticidad de la piel en las sonrisas y los ceños fruncidos. Las hojas amarillentas de los libros viejos desprenden un olor a polvo, a manos, a tinta. Pues bien dicen; todo por servir (o no servir), se acaba. Que todo fluye y nada permanece, pensaba el primer filósofo.  Todo lo que ocurre en el espacio, también ocurre en el tiempo, pues. Y terminé pensando, ¿para qué querrías aferrarte a pretender que el tiempo no ha pasado por tu vida? ¿Para gritar a los cuatro vientos que no has hecho nada? El miedo al tiempo es el miedo al cambio, y el miedo al cambio es el miedo a la vida. 

Segundo, que tales modificaciones o cambios pueden inspirar nostalgia, belleza, paz o “serenidad”, incluso cuando vienen disfrazadas de desgracias. Incluso cuando dan por terminada una conexión o una relación. Entre una persona y tú, o con tu trabajo, con tu ciudad, con tu antigua vida, con tu antiguo ser. Pero, como con cualquier otra relación que se transforma, podemos experimentar esto mismo cuando dejamos ir a los objetos cotidianos con los que establecemos algún tipo de vínculo. Como cuando se descompone tu celular y experimentas la paz momentánea de la libertad cognitiva, que te da para escribir estas líneas. O como la copa que se quebró cuando ella la estaba lavando y sólo dijo “chin, ésta sí se quebró” , y cuando la tomé sólo pensé en comenzar a dibujarla y no dejar de verla hasta terminar. Pensé que las cosas rotas inspiran mejores artes. Sin querer, experimente lo que en japonés llaman el wabi-sabi: reconocer la belleza de la imperfección, la naturaleza transitoria de las cosas, el paso del tiempo y en los signos de uso. Ese momento que va más allá de la comprensión y la aceptación de que nada es perfecto, nada dura para siempre y todo cambia. No, el wabi-sabi es apreciar la belleza de las cosas en sus etapas o estados de transformación, aunque ello implique que ya no estarán con nosotros. Si tan sólo Heráclito hubiera conocido a los japoneses, o ellos al que, ahora que lo pienso, no pudo haber sido el "primer filósofo". 

Experimentar el wabi-sabi es algo subjetivo, claro, porque no todas las circunstancias lo inspiran. Como cuando, a los pocos días de haberlo comprado, el libro que estaba leyendo con fervor se mojó dentro de mi mochila y ahora tengo que terminar de leer un libro un poco acartonado y manchado. Cómo me dolió. Yo no quería que le pasara eso. Le pedí perdón. Quería volver el tiempo atrás cuando en realidad quería deshacer eso que hizo que eso pasara. Quería ir a comprarlo de nuevo para seguir experimentándolo como nuevo. Me aguitó que le hubiera pasado eso. Me aguitó como nos aguitan las enfermedades, las muertes, las pérdidas. No igual, claro está. Me aguitó como si le hubiera fallado a un amigo, a mi pareja, a mi trabajo, o a mi país. Dejar ir nunca es fácil. Todo depende de dónde te agarras.   

Válgame las sincronías, ese libro manchado y acartonado de Irene Vallejo habla precisamente de la historia de los libros y los inicios de la escritura, a la vez que menciona las máximas de Heráclito: que todo es cambio, que nada permanece, que todo fluye. Y nos platica cómo la arcilla podía quebrarse, el papiro deteriorarse o quemarse, o los pergaminos mancharse; cómo nuestros intentos por preservar y dar cuenta de nuestras vidas, a pesar de las variaciones por las que pasamos antes de dejar de ser lo que somos, también experimentan transformaciones que los convierten en otra cosa. Como las grandes pirámides de Egipto; tumbas que inspiran de las mayores nostalgias, historias, preguntas y dudas. Tumbas que, en su deterioro, son muestra fehaciente del paso de los años e inspiran ese wabi-sabi. Cómo la transformación, aunque parezca premonición de muerte, en realidad es señal de vida. “Si quieres que algo se muera, déjalo quieto” dijo mi Jorge Drexler. 

Reconocer la belleza en el hecho de que todo se transforma, nada dura para siempre y nada es perfecto, ayuda a reconocer la inasequible red de interacciones e interrelaciones que componen todas las circunstancias de todas las realidades del cosmos. Nos ayuda a entender un poquito mejor ese logos que tanto buscaba Heráclito: la palabra adecuada, el sentido de la vida. Dijo la banda Weezer, we'll never feel that anymore. Nadie se baña dos veces en el mismo río. Por tanto, experimentar  el wabi-sabi, o la "trascendencia de la intrascendencia" sería como escribió William Blake en su poema “Eternity”:

“He who binds to himself a joy
Does the winged life destroy;
But he who kisses the joy as it flies
Lives in eternity's sunrise.”


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